La batalla cultural y la manipulación mediática en América Latina
En
México, como en gran parte de América Latina, la política no se disputa
únicamente en las urnas: se disputa en la mente de las personas, en las
emociones que los medios logran despertar y en las historias que se
repiten hasta que parecen verdad absoluta.
La violencia, la corrupción o
la desigualdad son fenómenos estructurales que llevan décadas
existiendo, pero su percepción depende de cómo se presentan.
Mientras
los gobiernos de Calderón y Peña vivieron niveles de violencia extremos,
la indignación social no estalló de manera masiva.
Los medios
tradicionales suavizaban la narrativa, ocultaban la magnitud de la
tragedia o la atribuían a los criminales y no a las políticas de Estado.
La gente, entonces, hablaba poco de política y aceptaba la versión
oficial sin cuestionarla.
Con
la llegada de Morena y de un gobierno que no depende de los medios
tradicionales, se rompió ese monopolio narrativo.
Los medios de
comunicación, privados y consolidados, pasaron de aliados silenciosos o
complacientes a enemigos declarados.
La violencia, que sigue siendo la
misma en muchos casos, comenzó a ser presentada como catástrofe
inminente, asociada directamente con el gobierno. Las emociones de
miedo, indignación y alarma se activaron con fuerza, y muchas personas
adoptaron estas emociones como propias, creyendo que su indignación era
producto de su pensamiento autónomo, cuando en realidad era inducida por
los medios y los comentaristas estrella.
La
psicología de masas explica cómo funciona este mecanismo: la emoción se
percibe más rápido que la razón, la repetición constante refuerza la
sensación de verdad, y la polarización genera tribus emocionales que
comparten indignación sin reflexionar críticamente.
La historia de la
indignación mexicana demuestra que la manipulación emocional y mediática
no necesita inventar problemas; solo necesita reinterpretar los
existentes y asignar culpables convenientes.
Esta
situación tiene consecuencias políticas y sociales profundas.
La
hegemonía cultural que han logrado sectores conservadores, junto con el
control mediático de los discursos y la creación de narrativas de miedo y
resentimiento, aumenta el riesgo de que las elecciones futuras no
reflejen un análisis racional de los problemas del país, sino una
respuesta emocional dirigida.
La aparición de líderes como Javier Milei
en Argentina es un ejemplo de cómo la combinación de miedo,
resentimiento y narrativa mediática puede moldear la voluntad popular,
incluso cuando las soluciones propuestas son radicales o regresivas.
La
clave para resistir esta manipulación no es solo la denuncia, sino la
formación de pensamiento crítico.
Reconocer la estrategia de los medios,
analizar los mensajes y cultivar la independencia intelectual permite a
las personas recuperar su capacidad de juzgar por sí mismas.
La batalla
cultural no está perdida: quienes logran pensar críticamente y
reconocer las manipulaciones tienen una ventaja significativa, y pueden
construir un espacio social donde la información se evalúe y no se
repita sin cuestionamiento.
En
síntesis, la indignación selectiva, la manipulación emocional y la
hegemonía mediática no son fenómenos aislados; son herramientas de
control político y cultural que han moldeado generaciones de electores.
La verdadera resistencia no consiste en gritar más fuerte, sino en
entender cómo funcionan estas herramientas, y enseñar a otros a
reconocerlas antes de que su indignación, nacida en otros tiempos y con
otros fines, decida por ellos.
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